El pasado 10 de agosto, Colombia vivió uno de esos días que quedan marcados para siempre en la memoria. Un fuerte terremoto de magnitud 7,4 sacudió buena parte del país y dejó a su paso dolor, destrucción, familias afectadas y muchas historias difíciles de contar. El epicentro estuvo en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, pero el movimiento se sintió con fuerza en diferentes regiones y golpeó especialmente a ciudades como Cali, Pereira y otros municipios del occidente colombiano.
En Cali, nuestra querida Sucursal del Cielo, el panorama después del movimiento fue desolador. Edificaciones afectadas, viviendas destruidas, calles llenas de escombros y familias buscando desesperadamente noticias de sus seres queridos hicieron que muchos caleños vivieran momentos de angustia y miedo. Sectores de la ciudad resultaron seriamente afectados y los organismos de socorro tuvieron que trabajar sin descanso para atender la emergencia y buscar personas entre los escombros.
Pero en medio de todo ese dolor apareció algo que ninguna tragedia puede destruir: la solidaridad de nuestra gente.
Bomberos, socorristas, médicos, enfermeros, policías, voluntarios y ciudadanos comunes salieron a ayudar. Personas que quizá nunca se habían visto antes se dieron la mano, compartieron agua, comida, techo y palabras de ánimo. En las calles, en los barrios y en los lugares donde más se necesitaba una mano amiga, volvió a aparecer ese espíritu que tantas veces ha demostrado el pueblo caleño: cuando uno cae, el otro lo levanta.
Porque Cali no es solamente sus edificios, sus calles, sus parques o sus lugares emblemáticos. Cali es su gente. Son las madres que abrazan a sus hijos, los padres que buscan proteger a sus familias, los jóvenes que ayudan a remover escombros, los comerciantes que comparten lo que tienen y los vecinos que convierten sus casas en refugios para quienes lo necesitan.
Hoy todavía hay tristeza. Hay familias que lloran a sus seres queridos, personas que han perdido sus viviendas y ciudadanos que sienten temor cada vez que la tierra vuelve a moverse. No podemos desconocer ese dolor ni pretender que todo se soluciona de un día para otro.
Pero también debemos recordar algo: los terremotos pueden derribar paredes, pero no tienen el poder de derribar la esperanza.
